sábado, 26 de febrero de 2011

Irrealidad. Capítulo 4

Irrealidad

CAPITULO 4

El viento zarandeaba las hojas de los árboles suavemente. El bosque estaba vacío, nadie andaba por los alrededores.
Lo altos árboles tan sólo dejaban ver una mínima parte del gran cielo anaranjado.
Estaba a punto de amanecer.
Pisaba las hojas marchitas a causa del frío del invierno, escuchando crujir ramas bajo mis pies.
Estaba sola en medio de ese inmenso bosque.
Me adentré en el interior del bosque, para explicar. Era un lugar que captaba mi atención realmente.
Hacía frío. Mucho frío.
Observé el paisaje con admiración, atenuado por la luz del amanecer.
A parte de la enorme arboleda, había flores marchitas y hojas secas.
Seguí caminando, pisando esas flores y esas hojas.
Más alejado de donde yo estaba, vi un rosal de gran tamaño, hermoso.
Me encaminé hacia ello para poder contemplarlo de cerca y mejor.
Eran rosas de un color inusual. Azules. Parecían resultado de una mutación.
Los tallos delgados y rígidos no eran verdes. Eran negros.
Todavía no había amanecido cuando escuché unas pisadas.
Me giré rápidamente, asustada.
La rapidez de las pisadas aumentaba.
Intenté imaginar que todo ello no era real, que era fruto de mi imaginación.
Vi unas débiles sombras moverse por el bosque.
Sentí que mis músculos se paralizaban, se volvían inmóviles, haciendo que me quedara muerta de miedo, y de frío.

Me quedé así por unos instantes. No sé cuánto tiempo había pasado hasta que tranquilicé y conseguí moverme.
Ya no se veía nada, y oía nada, pero aún seguía asustada, mi respiración estaba acelerada.
Me giré de nuevo hacia aquel hermoso rosal que tanto me había fascinado.
Una flor destacaba entre todas las demás. Era diferente.
Tenía un brillo especial.
Hubo como una fuerza de atracción que me hizo acercarme a ella para tocarla y tenerla entre mis manos.
Alargué mi mano, apunto de acariciar los pétalos de la rosa con las puntas de mis dedos, a la vez que podía sentir mi corazón latiendo muy rápido.
“¡¡NO!!”.
Me incorporé bruscamente en mi cama, agitada y asustada.
Había sido tan real…. El grito que hizo que saliera de mi sueño me había parecido tan cercano…., como si se hubiera producido cerca de mí.
Me tranquilicé, controlando mi rápida respiración.
Un simple sueño, una simple pesadilla.
Me recosté de nuevo en mi cama, hasta que acabé por dormirme de nuevo.
La tarde del día siguiente, la del sábado, fue una tarde lluviosa y triste, o por lo menos me lo parecía a mí.
El cielo estaba totalmente encapotado, gris. La tormenta resonaba fuertemente.
Era una de esas tardes ideales para pasarlas en casa, viendo una peli bajo una manta, calentita.

Pero no.
Mi plan para una tarde como aquella se desvaneció cuando recordé que tenía que ir a la biblioteca municipal para devolver el libro que había cogido hacía una semana.
Rápidamente me vestí con unos vaqueros y un jersey verde. Me abrigué bien y cogí el paraguas.
Tenía que ir andando, la biblioteca estaba bastante lejos y no estaban mis padres para llevarme en coche.
El viento no soplaba, pero la lluvia caía estrepitosamente.
Intenté caminar lo más rápido que pude para llegar cuanto antes.
Aún no había anochecido, pero poco faltaba debido a las negras nubes.
En la biblioteca tan solo vi a unos chicos, un poco más mayores que yo, estudiando.
Devolví el libro, y salí de allí, camino a mi casa.
La lluvia no había cesado. Incluso me dio la impresión de que ahora caía con más fuerza.
Las gotas repiqueteaban la tela de mi paraguas naranja.

Había oscurecido totalmente, pero no debía ser muy tarde. Comprobé la hora de mi móvil. Las ocho menos cuarto.
De camino a casa pasé por una tienda de fotografía. En el escaparate había fotos y lienzos, realmente bellos.
Los contemplé unos instantes, me fascinaba la pintura, y en concreto un lienzo que estaba expuesto, Alquimia de Victoria Francés, mi favorito
Me gustaba tanto, aparte de estar muy bien dibujado, me transmitía buenas sensaciones, e intriga. A mi parecer, ese nombre expresaba el deseo de convertir algo simple en valioso, de convertir la realidad en irrealidad.


Estaba absorta en mis pensamientos, pero salí de ellos cuando escuché mucho jaleo. Me giré para saber qué era lo que pasaba.
Unos chicos de mi edad aproximadamente, quizá menos, corrían rápidamente. Parecían muy asustados.
Había poca gente por la calle, pero aquellas personas vieron la escena extrañados, preguntándose por qué aquellos jóvenes corrían de aquella manera.
Una pareja de anciana edad consiguió pararlos y hablar con ellos.
Seguramente serían conocidos o gente de confianza.
Me interesaba saber qué es lo que había pasado, pero estaban demasiado lejos para poder escucharles, y no me parecía bien acercarme a ellos para ello.
Mi atención se desvió hacia una chica que caminaba tranquilamente unos pasos más atrás que los aquellos chicos. Andaba bajo la lluvia, mirando al frente. En su expresión pude ver una sensación de calma y serenidad increíble. No sonreía, pero lo parecía.
Su melena dorada le caía sobre los hombros, pesada, debido a que estaba mojada. Tenía un tono de piel pálido y sus ojos negro azabache contemplaban la calle.
Posiblemente venía del mismo sitio que esos jóvenes asustados, pensé, pero no. Seguramente me equivocaba.
Ella venía muy tranquila, no reflejaba ni un ápice de nerviosismo ni nada parecido a los otros.
Siguió caminando, pero no supe hacia qué dirección se dirigía, desapareció en cuanto a aparté mi vista de ella para mirar la hora.

Ya eran casi las nueve. Se me había hecho tarde. Mis padres ya habrían llegado.
Me apresuré para llegar a casa. Seguía lloviendo mucho y estaba totalmente oscuro.
No era que le tuviera miedo a la oscuridad o a la noche, pero no me gustaba la idea de estar rondando por la calle después de ver a esos chicos corriendo y asustados.
Sin embargo, me quedé con la intriga. Quería saber qué era lo había pasado. Quizá me enteraría el próximo día en el instituto, las noticias volaban en un pueblo tan pequeño como éste.
Entré en casa y pude sentir notablemente la diferencia de la temperatura de mi casa con la de la calle.
Guardé el abrigo, y dejé el paraguas en el paragüero, aunque estaba chorreando.
“¿Mamá? ¿Papá?” pregunté, sin respuesta, “¿estáis en casa?”.
Mis padres aún no habían vuelto.
Subí a mi habitación y me puse el pijama. Encendí la tele, a lo mejor estaban echando alguna película buena.
Estuve 10 minutos con el mando de la televisión, mirando los canales.
Nada interesante. Quizá debería de haber cogido otro libro en la biblioteca, pensé.
Apagué la tele y me limité a mirar por la ventana. Me gustaba mucho ver la lluvia caer en la oscuridad y el sonido que producían las gotas al chocar contra el alféizar de la ventana.
Mientras contemplaba el oscuro paisaje que mostraba la ventana del salón, pensé en lo que había ocurrido poco tiempo antes, mientras miraba en aquel escaparate mi lienzo favorito, Alquimia.
El sonido de la puerta hizo que saliera de mis pensamientos.
“Hola cielo” me saludó mi madre, seguida de mi padre, “¿qué tal la tarde?”
“Bien, sólo salí para devolver un libro a la biblioteca, ¿y vosotros?”
“Un poco agotados, la verdad” contestó mi padre colgando el abrigo en el perchero.
Poco después, cenamos los tres juntos. Mis padres mantenían una conversación que yo no entendía mucho, supuse que se trataba del trabajo.
Yo casi no hablé con ellos. Seguía pensando en lo que había pasado esta tarde, en ese grupo de adolescentes asustados y en esa chica que me despertó en mí la intriga.

No les dije nada a mis padres, sabía que eso sería lo mejor. En cuanto se lo contara, se pondrían histéricos, y con lo asustadizos y lo sobreprotectores que eran conmigo, no me dejarían ir sola por la calle.
Pensé que se enterarían en el trabajo, en la calle o por algún vecino.
Terminé de cenar, recogí mi plato y les di las buenas noches a mis padres. Subí a mi cuarto y me acosté, durmiéndome al instante.


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